
La poco conocida oficina de drones del Pentágono acaba de reclamar el mayor aumento de financiación militar de la historia
Dron vertical V-Bats de Shield AI.

(Cortesía de Shield AI)
Por Tony Capaccio y Roxana Tiron (BGOV)
El presupuesto de defensa más ambicioso en la historia reciente de Estados Unidos confirma un giro doctrinario profundo: la prioridad ya no pasa solo por portaaviones, cazas furtivos o grandes plataformas estratégicas, sino por la guerra autónoma y la lucha contra sistemas no tripulados. La nueva solicitud del Pentágono destina 75.000 millones de dólares a drones y tecnologías antidrones, una cifra sin precedentes que refleja cómo los conflictos actuales están redefiniendo el campo de batalla.
El eje central de esa apuesta es el Grupo de Trabajo Autónomo de Defensa (DAWG), una oficina poco conocida que recibiría 54.600 millones de dólares, frente a apenas 225,9 millones del ejercicio anterior. El salto presupuestario sería el mayor incremento interanual registrado para cualquier programa militar estadounidense. Su misión consiste en probar sistemas en condiciones reales junto a fuerzas de operaciones especiales, corregir fallas con retroalimentación inmediata a fabricantes e integrar nuevas capacidades al arsenal norteamericano con velocidad inédita.
La decisión no surge en el vacío. Las campañas recientes en Oriente Medio y la experiencia acumulada en Ucrania demostraron que drones baratos, numerosos y desechables pueden generar efectos estratégicos antes reservados a armas mucho más costosas. Ataques sobre infraestructura energética, hostigamiento constante a columnas logísticas, vigilancia permanente del terreno y saturación de defensas aéreas cambiaron la ecuación entre costo y poder de fuego. Sistemas relativamente económicos hoy obligan a gastar millones para detenerlos.
Por eso, gran parte de los fondos no irá a proyectos futuristas, sino a adquirir, adaptar y escalar tecnologías ya existentes. Washington busca capacidad inmediata: drones kamikaze, plataformas de reconocimiento armado, aeronaves colaborativas no tripuladas para acompañar cazas tripulados y sistemas navales autónomos. Entre los programas mencionados figuran el Switchblade 600, el Ghost-X, el C-100 y el MQ-25 Stingray, diseñado para reabastecimiento aéreo embarcado.
También se acelera la dimensión de inteligencia artificial. En enero se lanzó una competencia pública de 100 millones de dólares para desarrollar enjambres autónomos y sistemas de control por voz. Entre los participantes seleccionados aparecieron propuestas vinculadas a SpaceX, xAI y OpenAI. La señal es clara: el Pentágono pretende combinar industria militar tradicional con el ecosistema tecnológico privado para acortar tiempos de innovación y evitar burocracias que en guerras de alta velocidad pueden resultar letales.
Otro componente decisivo son las defensas antidrones. La solicitud reserva 20.000 millones de dólares para sensores, interceptores, guerra electrónica y herramientas capaces de neutralizar amenazas de baja firma y vuelo rasante. Ningún ejército moderno puede ignorar que un cuadricóptero adaptado comercialmente puede detectar posiciones, corregir fuego de artillería o impactar sobre vehículos, radares y puestos de mando. La defensa aérea clásica, pensada para aviones y misiles, ya no alcanza por sí sola.

Sin embargo, el presupuesto no abandona el poder naval tradicional. La Armada estadounidense pidió 65.800 millones de dólares para construcción naval en 2027, la mayor cifra real desde 1962. Se mantienen fondos para dos submarinos clase Virginia y avanza además el polémico programa de tres acorazados clase Trump, con un costo estimado de 14.500 millones por unidad. De concretarse, superarían incluso al portaaviones USS Gerald Ford como los buques de guerra más caros jamás construidos.
Esa convivencia entre plataformas gigantescas y sistemas baratos revela la transición estratégica en marcha. El poder militar ya no se mide únicamente por tonelaje, blindaje o número de cazas, sino por la capacidad de producir masa, adaptarse rápido, conectar sensores con tiradores y sostener innovación continua. Un dron de decenas de miles de dólares puede obligar a mover activos valuados en miles de millones.
Queda, no obstante, el frente político. Buena parte de la financiación solicitada depende de mecanismos legislativos especiales y del respaldo del Congreso. El debate será intenso: no solo por el volumen del gasto, sino porque redefine prioridades industriales, doctrinarias y tecnológicas. Lo que está en discusión no es simplemente cuánto gastar, sino cómo se librarán las guerras de la próxima década.










