martes, 13 de enero de 2026

Tácticas de infantería: La evolución ucraniana bajo análisis ruso

La positiva evolución de las tácticas ucranianas



El bloguero ruso pro-Kremlin Alexéi Chadayev admite, en esencia, que las tácticas ucranianas están empezando a imponerse sobre el patrón clásico de asaltos de infantería rusos. En paralelo, el canal ucraniano de Telegram Deep State describe una evolución de los métodos de asalto rusos que busca compensar sus problemas de infantería: mayor empleo de NPK, “alas” o grupos de ataque, y drones FPV pesados, con una lógica que no siempre pasa por “ganar metros” con la primera línea, sino por bordear el frente inmediato para pegar en la retaguardia táctica, apuntando a operadores de drones y de morteros, y a los nodos que sostienen el combate. Pero, aun con esos ajustes, Chadayev sostiene que el adversario “domina cada vez más” una estrategia que él llama de “tocar el segundo violín”: una situación en la que las fuerzas rusas están empujando casi de manera constante, mientras Ucrania organiza el campo de batalla para que esa ofensiva sea lo más difícil, sangrienta y costosa posible. Y subraya que ya no se trata únicamente de la famosa “línea de drones”: el dispositivo defensivo se ha ampliado y refinado.

Según su descripción, Ucrania está colocando su artillería profundamente escalonada dentro de su despliegue, más allá del alcance de los principales drones rusos, y al mismo tiempo mantiene posiciones adelantadas y puntos críticos bien fortificados, con fuegos bien emplazados. El mecanismo, tal como lo relata, es casi una trampa repetible: cuando fuerzas rusas comienzan a moverse, neutralizan con drones un punto fuerte enemigo y avanzan para capturarlo; entonces el defensor espera a que los atacantes entren y los elimina junto con los refuerzos que van llegando. A esto se suma una presión persistente de los operadores de drones ucranianos, que no sólo “cazan” de manera sistemática sobre rutas de abastecimiento y refuerzo, sino que también capturan a las fuerzas rusas cada vez que realizan actividades cerca de posiciones u objetos que antes eran propios y ahora quedaron en una especie de frontera táctica. Chadayev agrega dos multiplicadores del desgaste: el minado constante, incluso con detonación remota, y el uso activo de “emboscadores” sobre las pocas líneas logísticas disponibles, que además están bien vigiladas. Y cuando Rusia intenta desplegar con rapidez un segundo escalón —por ejemplo, equipos de operadores de drones—, el adversario responde con una “ofensiva” táctica local que, aun a costa de pérdidas, logra su objetivo: preservar la “zona de muerte” (kill zone) entre las posiciones avanzadas rusas y las áreas de retaguardia más cercanas. Señala que en Kupiansk, por ejemplo, ese patrón habría sido aplicado con éxito varias veces, contribuyendo a la situación actual en ese sector.

A partir de esa repetición, concluye, las fuerzas rusas en todos los niveles se vuelven cada vez menos proclives a avanzar: es un intercambio inexorable entre kilómetros “ganados” y vidas, y especialmente vidas valiosas —soldados entrenados que realmente saben operar dentro de esa zona de muerte; los no preparados, dice, simplemente mueren sin producir resultado. Por eso introduce un argumento incómodo hacia adentro: el problema del “coloreado del mapa” (pintar como “propio” lo que no se controla de verdad) no sería sólo mentira de los estados mayores, sino también el resultado de una decisión moral de los comandantes. El dilema, en su formulación, es brutal: si lanzo ahora una ofensiva a fondo sin preparación, pierdo mucha gente; si, en cambio, envío unos pocos equipos hacia delante para plantar bandera y reportar, apoyado en imágenes de drones, la “presencia física” en las posiciones requeridas, salvo vidas y material. El costo de esa salida “administrativa” aparece después: una vez que esas posiciones ya quedaron “coloreadas” como propias en los mapas del mando, se vuelve imposible pedir fuegos sobre ellas —ni artillería, ni Fuerzas Aeroespaciales, ni siquiera drones— porque, oficialmente, “todo ahí ya es nuestro”. Y entonces, paradójicamente, la cuenta vuelve a pagarse igual con vidas.

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