martes, 21 de octubre de 2025
sábado, 20 de septiembre de 2025
Granada de mano: GME FMK-2 Mod. 0 (FMk.2)
Granada GME FMK-2 Mod. 0 (FMk.2)

Al contrario de lo que afirman muchos britanicos, Argentina no usó granadas de fósforo blanco durante el desarrollo de la Operación Rosario ni durante toda la guerra por que simplemente no dispuso de estas granadas prohibidas por la Convención de Ginebra de 1980 sobre las reglas de "Guerra Limpia". Al contrario, fueron ellos quienes las usaron y con gran eficacia al arrojarlas en trincheras, pozos de zorro y búnkeres argentinos.
La granada estándar que se usó, fue la GME FMK-2 Mod. 0 que se hizo muy conocida por aparecer en fotos de participantes celebres de la guerra, tales como el Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldin o el comando anfibio "Cachiyuyo" Nuñez. Esta granada liviana metálica que es fabricada por la Fábrica Militar Fray Luis Beltrán, tiene un peso de 360 gramos y parte de ese peso lo son los 80 gramos de explosivo TNT y cerca 800 esquirlas metalicas, una vez quitada la anilla de seguridad de la espoleta tiene un tiempo de 3 a 5 segundos antes de la detonación y su radio de destrucción eficaz es en un radio de 3 metros y una onda expansiva de 7 metros. 
Cabe destacar que tiene como seguro una pieza metálica que sostiene la palanca de detonación en caso de que la anilla se quite por accidente además de ser muy segura pidiendo resistir aplastamiento y calor y fuego externo sin que exista peligro inmediato de que estalle.
La vida útil es de dos años y cada tanto hay que revisar sus componentes y renovarlos en caso de que estén afectados. Se ha exportado al exterior, como por ejemplo a Croacia que la ha empleado en la Guerra de los Balcanes en 1992.
También existe una versión de práctica, la FMK.8, que a diferencia de la versión de combate pintada de verde oliva es de color azul y su efecto solo se limita a una mera explosión pirotécnica y la FMK-2 para Fusil FAL la cual fue la prevista para ser lanzada con fusil, en este caso con el FAL, no deja de ser una granada estándar que se le adicionaba una guía tubular (penacho) y aletas estabilizadoras como las granadas de fusil específicas, se lanzaba con cartucho propulsor LGR FMK-11 Mod. 0 que venía junto con el accesorio siendo su alcance estimado eficaz de 350 y 400 metros según habilidad del tirador.
domingo, 10 de agosto de 2025
sábado, 14 de junio de 2025
Ametralladora: La FN MAG en la infantería argentina
La Ametralladora MAG: El fuego inquebrantable de la Infantería Argentina en Malvinas
Durante la Guerra de las Malvinas, en 1982, pocas armas demostraron tanta fiabilidad, potencia y determinación como la ametralladora FN MAG al servicio de la Infantería Argentina. A pesar de enfrentar condiciones extremas —barro, frío, humedad, municiones con fecha vencida e incluso armamento con uso intensivo previo— la MAG se convirtió en el bastión defensivo móvil de muchas posiciones argentinas, especialmente en los combates cuerpo a cuerpo del frente sur de la isla.
Uno de los ejemplos más emblemáticos de su efectividad ocurrió el 28 de mayo en Goose Green, cuando el soldado Oscar Ledesma, operando una MAG, logró abatir al Teniente Coronel británico Herbert "H" Jones, comandante del 2.º Batallón de Paracaidistas, durante el intento británico por flanquear las posiciones del Regimiento de Infantería 12. Aquel hecho marcó no solo una baja estratégica para el enemigo, sino también una muestra brutal del poder defensivo que la MAG le otorgaba a cada escuadra argentina.
Origen y diseño técnico
La FN MAG (acrónimo de Mitrailleuse d’Appui Général, o “ametralladora de apoyo general”) fue diseñada en Bélgica a comienzos de los años 50 por Ernest Vervier, ingeniero de la legendaria Fabrique Nationale (FN). Su diseño no solo combinó lo mejor de las ametralladoras de la Segunda Guerra Mundial, sino que tomó conceptos comprobados de distintos sistemas de armas, convirtiéndola en una plataforma robusta, versátil y fácil de mantener en condiciones de combate.
Adoptada por más de 70 países —y fabricada bajo licencia en Argentina por FM (Fabricaciones Militares)—, la FN MAG se convirtió en un verdadero estandarte del fuego de apoyo automático. Es producida o ensamblada también en naciones como India, Egipto, Reino Unido, Taiwán, Singapur y Estados Unidos, donde su uso sigue siendo vigente hasta la actualidad.
Variantes y configuración
Durante el conflicto de 1982, el modelo en uso fue principalmente la versión MAG 60-20, la variante de infantería, equipada con bípode y cañón intercambiable, alimentada por bandas de eslabones desintegrables M13, y disparando cartuchos calibre 7,62×51 mm OTAN. Cada eslabón liberaba la munición una vez introducida en la recámara, permitiendo un flujo continuo de alimentación.
La MAG 60-20 está refrigerada por aire, funciona mediante recorrido corto de pistón accionado por gases, y su cerrojo es trancado mediante un mecanismo basculante articulado —inspirado en el fusil automático Browning BAR—. Su sistema de alimentación y disparo fue heredado de la ametralladora alemana MG42, lo cual no solo garantizaba un ciclo de disparo veloz (aproximadamente 650 a 1.000 disparos por minuto, dependiendo del regulador de gas), sino también una resistencia sobresaliente al desgaste y la suciedad.
La MAG dispara a cerrojo abierto, un detalle técnico importante ya que este mecanismo evita el sobrecalentamiento de la recámara y permite un cambio más seguro del cañón. Cada operador podía reemplazar el cañón en segundos, incluso bajo fuego, gracias a un asa térmica incorporada. El arma poseía un seguro transversal manual ubicado sobre el pistolete, que podía activarse únicamente con el arma amartillada.
En combate: uso y resistencia
Durante la defensa de posiciones como Darwin, Goose Green, Monte Tumbledown, Longdon o Wireless Ridge, la MAG fue esencial para contener el avance enemigo, incluso cuando las condiciones logísticas eran críticas. A pesar de que muchas de las bandas de munición estaban vencidas y algunos cañones presentaban desgaste extremo, las secciones argentinas lograron mantener un fuego sostenido efectivo, apoyando a la infantería con cobertura continua y precisión en el asalto o la retirada.
El peso del arma —más de 11 kg sin munición— no fue un impedimento para los soldados argentinos, quienes, con entrenamiento riguroso en infantería aerotransportada, estaban acostumbrados a operar en terreno hostil. Se organizaban en binomios: tirador y abastecedor, este último responsable de mantener las bandas limpias, cargadas y alineadas.
La MAG demostró ser un multiplicador de poder de fuego táctico. En posiciones fijas, con fuego en ráfaga corta y controlada, era capaz de cubrir sectores completos de aproximación, disuadir asaltos y romper formaciones enemigas. En movimientos ofensivos, ofrecía apoyo de fuego móvil, facilitando el avance o la cobertura de retiradas tácticas.
Un legado de acero y fuego
El desempeño de la MAG en manos argentinas durante la Guerra de las Malvinas es un testimonio del valor técnico-militar argentino. No fue solo una ametralladora: fue un símbolo del coraje de quienes sostuvieron sus posiciones hasta el final. Operada bajo condiciones extremas, con material envejecido y munición al borde de su vida útil, la MAG respondió con fiabilidad y contundencia.
En cada ráfaga lanzada desde una trinchera helada, en cada eslabón metálico que caía humeante al barro, se sintetizaba una verdad irrefutable: el espíritu de lucha no se mide por la modernidad del equipo, sino por el temple del combatiente que lo empuña.
martes, 13 de mayo de 2025
domingo, 27 de abril de 2025
Malvinas: La acción del Equipo de Combate Solari
El recuerdo de un jefe hacia sus soldados del Equipo de Combate Solar
𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘛𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘊𝘰𝘳𝘰𝘯𝘦𝘭 𝘐 (𝘙𝘌) «𝘝𝘎𝘔» 𝘑𝘶𝘢𝘯 𝘊𝘢𝘳𝘭𝘰𝘴 𝘠𝘰𝘳𝘪𝘰 (𝘊𝘰𝘮𝘱𝘢ñí𝘢 𝘥𝘦 𝘐𝘯𝘧𝘢𝘯𝘵𝘦𝘳í𝘢 «𝘉» 𝘥𝘦𝘭 𝘙𝘦𝘨𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘐𝘯𝘧𝘢𝘯𝘵𝘦𝘳í𝘢 12 «𝘎𝘦𝘯𝘦𝘳𝘢𝘭 𝘈𝘳𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴»).
En el año 1982 El entonces Teniente Primero Juan Carlos Yorio se encontraba prestando servicio en La escuela de suboficiales General Lemos» Con la recuperación de las islas al igual que muchos militares fueron reasignados a distintas unidades del país para cubrir los puestos necesarios en cada una . 
De la Escuela de Servicios Para Apoyo de Combate «General Lemos», que en esa época era uno de los dos institutos de formación de futuros suboficiales del Ejército, fuimos movilizados al RI 12 «General Arenales» con asiento de paz en la ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes, conmigo también fueron movilizados los entonces Tenientes Alejandro Garra, José Fernando López, del Colegio Militar de la Nación, entre otros, como recién egresado con motivo del incipiente conflicto armado, los Subtenientes Celestino Mosteirín y Ernesto Peluffo. Viajamos junto a otros muchos oficiales, entre ellos, cursantes de la Escuela Superior de Guerra, algunos de quienes también reforzaríamos en definitiva al RI 12 y con algunos suboficiales también redistribuidos y otros de los institutos de formación, recién egresados (estos eran cabos EC, en comisión). Al enterarnos que seríamos enviados al RI 12, mi alegría y tranquilidad estaban fundadas había sido por tres años, mi primer destino militar como Subteniente recién egresado.
Una vez arribados al regimiento Yo pase a formar parte de la Compañía de infantería «B», que luego, con el agregado de los helicópteros de Ejército, sería el Equipo de Combate «SOLARI», Nuestra compañía quedó organizada de esta manera:
Un jefe de compañía, segundo jefe de compañía, Grupo Comando de Compañía, tres Secciones de Tiradores y una Sección Apoyo.
Como jefe del Grupo Comando: el Encargado de Compañía, Sargento Primero José Luis «el Mencho » García.
- Jefe de la 1ra Sección de Tiradores: Subteniente Daniel Fernando Benítez
- Jefe de la Segunda: Subteniente Carlos Francisco Tamini
- Jefe de la tercera: Subteniente Ramón Cañete
- Jefe Sección Apoyo: Teniente José Fernando López y Segundo Jefe de Sec.: Subteniente «EC» Celestino Mosteirín.
Yo fui designado Segundo jefe de la Compañía «B», con las responsabilidades de ese cargo
En Malvinas a nuestra compañía la segregaron, para ser utilizada para contraatacar a donde se requiriera. Éramos una reserva helitransportada y así es como nació el EQUIPO DE COMBATE SOLARI., Mientras que el resto del regimiento fue enviado a Darwin, nosotros permanecimos en a la ladera Noroeste del monte Kent. Los días pasaban y debíamos soportar las inclemencia del clima a la que estábamos poco acostumbrados.
En lo que la comida, todos comíamos de la única «olla» (Medio tacho de 200 litros en el cocinabamos). A falta de heladera para la carne y los víveres perecederos, los mismos se colocaban sobre las piedras al aire libre tratando que no le diera el poco sol que cada uno diez días aparecía radiante. Eso era suficiente para que no se descompusiera hasta el siguiente reabastecimiento. Por suerte, el clima «ayudaba» bastante para este caso. A veces me he preguntado si no hubiese sido así, si hubiésemos podido ser abastecidos más frecuentemente, o cómo solucionar esto sin «heladeras naturales». Logrado para el medio tacho que servía de olla, el primer fuego, enterrado para evitar que su luminosidad sea fácilmente vista en la noche y para guarecerlo del incesante viento, se procuró que no se apagara más, manteniéndolo siempre al cuidado del centinela del Puesto Comando y con un precario «techito » que evitara algo del agua de la también persistente lluvia y/o llovizna. El clima frío y el escaso valor calórico del combustible (que no era otra cosa que la turba que como hormigas buscaba el grupo Comando), no permitía cocinar más que el desayuno (mate con pan) que empezaba a cocinarse luego de lavar el tacho del guiso de la cena, que salía a eso de las 8 hs. y luego el guiso de carne, papas, verduras y complementos, más el pan, que salía a eso de las 16 ó 17 hs. Pese a la expresa prohibición de cazar, autoricé a los jefes de sección a hacerlo controladamente para reforzar con lo que se consiguiera, las necesidades calóricas del personal. La cocina centralizada, entregaba además, ciertos víveres como papa, zanahoria, dulce, para acompañar esos necesarios refuerzos. Si bien el personal no pasó hambre, las necesidades calóricas no alcanzaban a ser cubiertas a pesar de todo. Nadie aumentó de peso y positivamente, todos adelgazábamos día a día. Se debe recordar en especial, que entre los dieciocho y veintidós años, los hombres comemos más que el término medio, a esa edad uno siempre tiene hambre a eso había que sumarle la tensión nerviosa.
En una ocasión, pasaba recorriendo por uno de los sectores de la Compañía y un grupo de soldados me llamó. Al acercarme, me dicen: «¿Quiere papas fritas?» ¡No podía creerlo! Un manjar inesperado en ese lugar inhóspito. ¿Cómo hicieron? les pregunté.
La respuesta fue muy lógica: habían pedido papas, aceite y sal en la cocina y usando una lata de 5 kg de dulce de batata ya consumido a manera de sartén, hacer las papas fritas era muy simple. Seguí mi camino encantado por el reconfortante momento y algo decepcionado por mi propia pregunta de cómo habían hecho, pues en realidad, era muy fácil de realizar, mis soldados eran gente de campo que siempre se las habían ingeniado en su vida civil porque debería ser diferente en Malvinas.
Respecto del agua, no teníamos un tanque aguatero, PERO: lo teníamos al «Indio» Julio Romero, un soldado correntino del grupo comando, que luego de caminar un poco, señalaba un lugar en el suelo a donde levantar las rocas y cavando unos centímetros, debajo había un curso de agua subterránea, pura y cristalina usable para el mate, el guiso, para beberla y para la higiene personal. ¡Gracias a Dios que «el Indio» estaba allí con nosotros! «El indio» ROMERO era infalible en su excepcional habilidad, de allí lo de «Indio». Mi sentido homenaje al querido y recordado «Indio » que muriera en combate cuando el Mte. Kent fuera atacado. Él vive en la memoria de cada uno de los integrantes del Equipo de Combate «SOLARI». Tengo actualmente su cara, su figura, su actitud su humildad y su voz en mi mente. ¡Indio Querido!
miércoles, 23 de abril de 2025
Desmalvinización: Críticas a la propaganda británica "El error de los errores”
Crítica a la propaganda británica
El error de los errores

En la foto comandos de la 601 operando en la zona de San Carlos a plena luz del día.
Extracto sacado del libro "Comandos en Malvinas -La otra historia", capítulo "Análisis de las operaciones". Libro disponible en papel y e-book en Amazon.
Todos hemos leído innumerables veces que el gran error de los comandos argentinos en Top Malo fue ingresar en la casa para pasar la noche. ¿Pero que hubiera pasado si nadie los hubiera visto entrar?
...Pero si los comandos argentinos de la 602 cometieron un error digno de pasar a la historia y que sobresale sobre todos los demás fue el de ponerse a marchar nada más ser dejados por los helicópteros, es decir a plena luz del día. Una vez en tierra, el tremendo error de volar durante la mañana ya no tenía solución, pero comenzar a moverse hacia la cima del monte Simon nada más descender de los helicópteros fue sin duda alguna un acto casi suicida, desde luego inconsciente y que deja bien a las claras que estos hombres no tenían la más mínima idea de lo que hacían. El terreno de Malvinas, compuesto principalmente por colinas y llanuras sin vegetación, propiciaba la observación a distancia. Esto permitía a los observadores británicos, ocultos en las ventajosas posiciones de sus OP y equipados con telescopios, vigilar el terreno a muchos kilómetros de distancia a su alrededor. Una vez en tierra, una alternativa que Vercesi podría haber escogido como un mal menor hubiese sido permanecer inmóviles. Los hombres podrían haberse ocultado lo mejor posible en espera de la noche confiando en que su infiltración hubiese pasado desapercibida o esperando que si los británicos los habían detectado no tuviesen tiempo de reaccionar contra ellos. Pero, ¿moverse durante el día? ¿En un terreno como Malvinas? ¿Y, además, ascendiendo una altura? Es un comportamiento totalmente irracional y que unos verdaderos comandos nunca hubieran llevado a cabo, menos en una situación de claro dominio británico como el que ya existía.
Pero para saber esto no hacía falta ser un comando. Un simple soldado de conscripción realizando su servicio militar, si ha prestado atención en sus clases teóricas sabe que eso no se puede hacer. Ni siquiera hace falta ser militar solo hay que tener un poco de lógica, un niño de ocho años que habitualmente juegue al escondite, es capaz de entender que si no quieres que te vean en un terreno despejado y con luz, simplemente no debes moverte. Para un observador británico escondido entre las rocas de alguna colina que escaneaba concienzudamente el terreno a su alrededor, un hombre cargado avanzando por los turbales de Malvinas, sin importar el camuflaje que llevara, resaltaba como un punto negro entre los colores principalmente suaves de los páramos de turba de Malvinas. Si la distancia era excesiva, el observador no estaba concentrado o estaba ya cansado, existía la remota posibilidad de que no fuera localizado. Pero si a este hombre cargado, le añadimos doce más y encima les hacemos ascender un monte o una colina o descender de ella y, además, sobre la nieve, como hicieron el día 30, la marcha de los comandos de la 1ª Sección de la 602 fue prácticamente como encender un mechero en una habitación a oscuras, algo así como decir: «¡Eh, chicoooos, aquí estaaamoooos!». Esta inconsciente práctica fue algo normal entre las patrullas del GOE, la 601, la 602, la APCA y la APBT.
Una crítica al “error de los errores”: cuando la arrogancia editorial supera al análisis militar
El extracto de “Comandos en Malvinas – La otra historia”, capítulo “Análisis de las operaciones”, pretende ser un examen táctico de las acciones argentinas en Malvinas. Pero en lugar de brindar una lectura analítica, se convierte rápidamente en un desfile de superioridad moral ex post facto, plagado de condescendencia, simplismos y analogías de jardín de infantes. Lo que podría haber sido una contribución crítica valiosa se transforma en un acto de autosatisfacción editorial, una especie de "yo lo hubiera hecho mejor" desde la comodidad del escritorio.
¿Errores hubo? Por supuesto. Pero este texto no analiza errores: los ridiculiza. No los contextualiza: los infantiliza. Llamar a decisiones tomadas en condiciones de extrema presión “un comportamiento totalmente irracional” sin un gramo de comprensión sobre las variables del terreno, la información incompleta, la moral de la tropa y la dinámica de la guerra real es, en sí mismo, un error monumental. ¿Y qué hace el autor? Lo amplifica con un tono burlón, como si estuviera criticando a un equipo juvenil de paintball. Más aún, considera que los comandos argentinos, que debutaban en combate en este conflicto, debieran haber aprendido de la guerra de Afganistán en 2004...
Comparar el accionar de comandos entrenados con “un niño de ocho años que juega a las escondidas” no es sólo pueril: es ofensivo. No para los comandos, que al menos estuvieron allí, sino para el lector con mínima capacidad crítica que exige más que analogías de recreo escolar. ¿Dónde está el análisis táctico real? ¿Dónde la comprensión de la estructura de mando, del contexto estratégico, de la doctrina operativa bajo la que actuaban esas unidades? Nada. En cambio, el autor prefiere disparar adjetivos y hacer piruetas de sarcasmo, como si eso sustituyera al pensamiento riguroso.
El tono omnisciente del texto tampoco ayuda. Se nos presenta como verdad revelada que los hombres "no tenían la más mínima idea de lo que hacían", como si una patrulla bajo fuego enemigo, en un entorno hostil, con medios limitados, tuviera el lujo de detenerse a considerar el juicio de un autor que escribe cuarenta años después, con mapas, informes desclasificados y Google Earth a su disposición.
¿Y qué decir del tratamiento hacia la figura de Vercesi? Se lo convierte en un chivo expiatorio perfecto, el villano torpe de una narrativa que necesita sí o sí a un culpable claro. Porque, claro, siempre es más fácil señalar desde el futuro que entender las decisiones en su propio presente. Se le pide a los comandos que actúen cómo si las restricciones operativas del terreno y de las fuerzas argentinas no funcionaran con ellos.
En definitiva, el texto no busca explicar. Busca sentenciar. No analiza: se burla. Es una crítica sin humanidad, sin historia y sin honestidad intelectual. Una oportunidad desperdiciada de iluminar un episodio complejo, convertida en una caricatura arrogante que no honra ni el oficio del análisis ni la memoria de quienes combatieron. Muchachos del MI6, ya estamos grandes para estas operaciones de desmalvinización. A ver si cambian el formato: los comandos argentinos hicieron correr a los Royal Marines (Puente Murrell), combatieron y mataron a miembros del SAS (Gran Malvina), todo eso en su debut operacional. Combatan a los inmigrantes musulmanes que pronto no van a tener más país al que hacerle propaganda.
domingo, 26 de enero de 2025
Malvinas: Críticas al texto "No conocían el uso de su principal arma"
No conocían el uso de su principal arma
Extracto sacado del libro "Comandos en Malvinas -La otra historia", capítulo "Análisis de las operaciones". Libro disponible en papel y e-book en Amazon.

En la foto comandos del EA por las calles de la capital malvinense.
...Una vez en la cima del monte Simon, los comandos argentinos divisaron helicópteros británicos al norte de su posición y trataron de transmitir la información a Puerto Argentino con la radio Thompson TRC 300 (ver foto debajo) de HF con la que estaban equipados. Este equipo era de características similares a las Clansman PRC 320 utilizadas por los británicos. Cuando quisieron comunicarse utilizaron el modo SSB (Single Side Band/ Banda Lateral Única), un modo de comunicación por voz a través de la red de HF. Pero, aunque consiguieron establecer comunicación, esta se cortó al momento. Los comandos lo intentaron «casi» todo, desde cambios de posición a cambios de antena, pero no pudieron volver a establecer comunicación.
Posteriormente, ese mismo día, algo consiguieron cuando aprovecharon el paso de dos helicópteros argentinos que regresaban a Puerto Argentino transportando a la patrulla de Pinasco. Los comandos de la 1ª Sección de la 602 contactaron con los helicópteros y pudieron transmitirles parte de la información. Aun así, en ningún momento lograron contactar de nuevo con la capital. Hasta aquí nada parecería fuera de lo normal, pero la realidad era muy distinta. En esos momentos Vercesi y sus hombres no sabían si sus problemas eran simples problemas de transmisión, propios y habituales de las transmisiones en HF y que todas las unidades sufrieron durante la guerra, o estaban relacionados con posibles interferencias por parte de los equipos de guerra electrónica británicos, también llamadas jamming en el argot. Si los comandos argentinos hubieran seguido un protocolo de comunicaciones normal, fuese cual fuese el origen del problema, su siguiente paso debería haber sido dejar la SSB y tratar de establecer contacto mediante CW (Continuous Wave/Onda Continua). La CW es un modo de emisión que, operando también en el espectro de HF, se caracteriza porque interrumpe la señal a intervalos ya establecidos pertenecientes a un código, es el por todos conocido código Morse. Todos los comandos del EA o al menos su radioperador, el Tte. 1º Gatti, perteneciente al arma de ingenieros, debería haber conocido, como probablemente conocía, las características de la transmisión por CW. Debería haber sabido que la CW es más eficiente que la SSB en situaciones con fuertes interferencias o con adversas condiciones atmosféricas para la propagación de las señales de HF. Igualmente, la CW al ocupar poco ancho de banda y tener una relación señal/ruido muy alta, permite establecer comunicaciones a mayor distancia que ningún otro modo. Es por ello que pese a ser un sistema antiguo, era el usado por las patrullas británicas. Los británicos sabían que las ondas en HF se ven muy afectadas por los constantes cambios de la ionosfera, la capa de la atmosfera donde rebotan las ondas HF. Por ello sus patrullas, que también tuvieron sus problemas, utilizaron principalmente la CW; ello pese a algunos inconvenientes de la CW, como una capacidad de transmisión más lenta y mayores posibilidades de radiodetección. Otras unidades argentinas también sufrieron los problemas con sus equipos de radio a la hora de transmitir e igualmente ninguna de ellas recurrió a la CW. Muy conocido es el caso de los comandos anfibios en su patrulla a San Carlos. De hecho, ninguna patrulla argentina siquiera llevó consigo a Malvinas la llave o manipulador de Morse con el que sus radios estaban equipadas. Probablemente arriesgándonos demasiado a dar por hecho que los comandos argentinos conocían las características de propagación de la CW, solo dos posibilidades son factibles, a cuál de ellas peor. La primera es que en sus protocolos o instrucciones de empleo de comunicaciones no estuviera previsto el caso de un fallo de transmisión con la SSB y, la segunda, que los comandos no tuvieran práctica suficiente o ninguna práctica en la transmisión con código Morse. Fuese cual fuese el motivo de esta mala práctica de los comandos argentinos, su gravedad es extrema. La doctrina de empleo de las unidades de operaciones especiales a principios de los 80, al igual que la actual, resaltaba la importancia de los equipos de radio dentro de una patrulla, más aún si es de reconocimiento. Los distintos equipos de radio, sea de HF, VHF o UHF eran considerados como la principal arma de la patrulla y la pieza de equipo más importante transportada. Sin sus radios, una patrulla infiltrada en territorio enemigo no tiene razón de ser, no puede comunicar la información recabada, no puede pedir apoyo si se encuentra en problemas y, además, se ve imposibilitada de contactar con los helicópteros a la hora de ser exfiltrada. Es por ello que todos los miembros de una patrulla de reconocimiento y, sobre todo, los operadores de radio, deben recibir un entrenamiento intensivo y profundo en el uso de los distintos equipos y antenas, deben poder solventar la mayoría de los problemas técnicos y además deben ser capaces de sacar el mayor rendimiento de sus equipos en las peores condiciones operacionales.
Críticas al texto
El análisis presentado sobre las operaciones de los comandos argentinos en Malvinas pretende ser una crítica seria y estructurada, pero en realidad se queda corto, cayendo en un tono pretencioso y casi ridículo, sobre todo cuando señala con dedo acusador las fallas en las comunicaciones. Según el autor, el problema parece ser tan sencillo como que los soldados “debían haber usado CW”, como si activar el código Morse fuera un truco mágico que solucionara todos los inconvenientes logísticos, técnicos y operativos. Sí, claro, porque en medio de un terreno inhóspito, escalando montes y bajo amenaza constante del enemigo, los comandos debían sacar tiempo para preguntarse: “¿Dónde está mi manipulador de Morse? ¡Es hora de brillar!”. La sugerencia resulta, por decir lo menos, desconectada de la realidad.
El autor insiste en que los operadores deberían haber estado perfectamente entrenados para usar CW y resalta cómo los británicos, en su perfección casi mitológica, lo implementaron sin problemas. Pero olvidemos por un momento que los comandos argentinos ni siquiera tenían los manipuladores necesarios con ellos en Malvinas y que el entrenamiento en CW, si acaso se les dio, no era una prioridad en su formación. También ignoremos que el uso del código Morse habría expuesto a las patrullas a un mayor riesgo de radiodetección. El autor no parece interesado en cuestionar por qué la planificación estratégica falló en proporcionar tanto el equipo como el entrenamiento adecuado. Es más fácil culpar a los soldados en el terreno, ¿no?
La frase “no conocían el uso de su principal arma” es particularmente insultante. Sí, porque los comandos, enfrentándose a todo tipo de adversidades, claramente no sabían para qué servía la radio. Seguro pensaban que era un adorno táctico, algo para lucir en la mochila mientras escalaban montes helados. No es que la radio fuera defectuosa o que el entorno hostil afectara las señales, no. Era pura negligencia de su parte, claro. La crítica no toma en cuenta que los soldados hicieron todo lo razonablemente posible: intentaron cambiar de posición, probaron antenas distintas, buscaron alternativas creativas como comunicarse con helicópteros que pasaban cerca. Pero no, nada de esto parece suficiente para el autor. Parece que esperaba que los comandos resolvieran con facilidad problemas que, en realidad, eran reflejo de fallas más profundas en la logística y en la doctrina operativa.
Ahora, el autor se toma su tiempo para ensalzar a los británicos, que sí usaban CW porque conocían las complejidades de las transmisiones en HF. No se discute que ellos tuvieran más experiencia y recursos, pero ¿realmente es justo comparar los contextos de ambos bandos? Parece más una excusa para subrayar la supuesta ineptitud argentina que un análisis serio de las limitaciones reales que enfrentaron los comandos. Es como comparar a un corredor profesional con alguien que tiene los cordones atados entre sí, y luego criticar al segundo por no correr rápido.
Finalmente, el autor concluye que la gravedad de las fallas en las comunicaciones es “extrema” y que los comandos debían estar intensivamente entrenados para resolver cualquier problema técnico. Por supuesto, porque todos sabemos que en 1982 las fuerzas armadas argentinas tenían acceso ilimitado a entrenamiento especializado y recursos tecnológicos de última generación. Todo esto suena a un juicio fácil desde el sofá, olvidando que estos hombres operaron en condiciones adversas, con recursos limitados y bajo una planificación estratégica que dejó mucho que desear.
Lo que sí es destacable, pero convenientemente ignorado, es cómo los comandos lograron adaptarse a pesar de todo. Si las radios fallaban, buscaron helicópteros. Si no podían comunicarse directamente, usaron su ingenio para transmitir lo que podían. Cumplieron su misión en un entorno hostil y demostraron resiliencia, algo que, aparentemente, el autor no considera digno de mención. En cambio, prefiere dedicar párrafos enteros a lo que “no hicieron”, ignorando las limitaciones estructurales que condicionaron sus acciones.
En resumen, este análisis es menos un análisis y más un ejercicio de crítica fácil que confunde a las víctimas de un sistema inadecuado con culpables. Quizás la próxima vez el autor debería tomarse un momento para considerar el contexto histórico, las restricciones logísticas y la realidad operativa antes de subirse al pedestal de la perfección táctica. Claro, eso supondría algo de empatía y sentido común, pero ¿quién necesita eso cuando puedes regañar a soldados por no teletransportarse mágicamente al nivel de sus contrapartes británicas?
domingo, 22 de diciembre de 2024
ATGM: Bofors Bantam (Suecia)

ATGM Bofors Bantam (Suecia)

El Bantam (Bofors ANTitAnk Missile) o Robot 53 (Rb 53) fue un misil antitanque guiado por cable sueco desarrollado a finales de 1950. Sirvió con los ejércitos suecos y suizos de 1963 y 1967 respectivamente. Se puede ser desplegada por un solo hombre que lleva un equipo de misiles y de control o desde un vehículo. Se ha instalado en el Volvo L3314 y el Bulldog Scottish Aviation. En el ejército suizo, fue montado en vehículos de ruedas ligeros Steyr- Daimler -Puch Haflinger. Fue utilizado por la Infantería de Marina de la Armada de la República Argentina (IMARA) durante el conflicto de Malvinas.

Montado en Malvinas por la IMARA
Descripción
El misil se realiza en una caja de lanzador rectangular, que está conectado a una caja de control por un cable de 20 metros, lo que permite un grado de separación del operador. El misil puede ser configurado en unos 30 segundos por un solo hombre. El cuadro de transportador/lanzador está apuntando hacia la dirección esperada del enemigo y la caja de control está unido a ella por medio del cable. La caja de control consta de un dispositivo de observación óptica y una palanca de mando, que transmite comandos para el misil a través de dos cables finos que se arrastraban detrás del misil.
El Bantam (Bofors ANti-Tank Missile) o Robot 53 (Rb 53) fue un misil antitanque sueco guiado por cable desarrollado a finales de la década de 1950. Sirvió en los ejércitos sueco y suizo entre 1963 y 1967 respectivamente. Puede ser desplegado por un solo hombre que lleve un misil y equipo de control o desde un vehículo. Se ha instalado en el Volvo L3314 y en el Scottish Aviation Bulldog. En el ejército suizo, se montó en vehículos ligeros de ruedas Steyr-Daimler-Puch Haflinger. De las colecciones del Museo del Ejército Sueco. La foto muestra la caja de lanzamiento del misil. De las colecciones del Museo del Ejército Sueco.


En el lanzamiento, un pequeño giroscopio se hace girar por el disparo de un granulado de pólvora. El misil es propulsado en el aire por un motor de refuerzo (booster), que lleva el misil a su velocidad de vuelo de aproximadamente 85 metros por segundo. Como parte del área de lanzamiento, cuatro alas se despliegan , que comenzarán a girar el misil en vuelo, lo que proporciona un grado de estabilidad. Una vez que el misil ha viajado a unos 30 metros del giroscopio está desbloqueado y se inicia el vuelo controlado por el operador . Una vez que 40 metros de cable se hayan desplegado desde una de las dos bobinas del misil, el motor sustentador se enciende junto con un máximo de cuatro bengalas trazadoras en la parte posterior del misil. A 45 metros de distancia, el motor de refuerzo se agota. Una que los 230 metros de cable han desplegado desde el segundo carrete de hilo, la ojiva de carga hueca del misil está armada.
Los comandos de la palanca de mando se transmiten al misil a lo largo de los cables de arrastre, estos comandos son amplificadas por un circuito de transistor pequeño en el misil y se enrutan para hacer vibrar spoilers en el borde de salida de cuatro alas del misil basado en la dirección de la orden y el orientación de giro-detectada del misil.

Al impactar con un objetivo, una espoleta piezoeléctrico provoca la ojiva de carga hueca, que puede penetrar hasta 500 milímetros de blindaje. Tiene una probabilidad de impacto reivindicado de 95 a 98 % entre los rangos de 800 y 2.000 metros. [1]
El Bantam es muy similar al ATGM Cobra (misil antitanque) y al AT-1 Snapper ruso de primera generación de misiles anti-tanque.
Operadores
- Argentina
IMARA - Suecia
Ejército sueco - Suiza
Ejército suizo
Especificaciones
Largo: 0,85 mDiámetro: 0,11 m
Envergadura: 0,40 m
Peso del proyectil : 7,6 kg
Peso del misil y lanzador de caja: 13 kg
Alcance: 300 a 2000 m
Velocidad: 85 m / s
Guiado: MCLOS por cable
Cabeza de combate : carga 1,14 kg en carga hueca [2]
Wikipedia



sábado, 23 de noviembre de 2024
Ejército Argentino: Grupo de Artillería Blindado 11

Grupo de Artillería Blindado 11 "Coronel Juan Bautista Thorne"
VCA Palmaria realizando desplazamientos en Instrucción.
Pertenece a la Brigada de Infantería Mecanizada IX "Coronel Luis Jorge Fontana" de Comodoro Rivadavia - Pcia. de CHUBUT
"LA UNIDAD MÁS JOVEN, MÁS AUSTRAL Y MÁS MODERNA DEL ARMA DE ARTILLERÍA"

Biografía del Coronel D Juan Bautista THORNE
RESEÑA HISTÓRICA DEL GRUPO DE ARTILLERÍA BLINDADO 11
La creación de la unidad más austral del arma, el GRUPO DE ARTILLERÍA BLINDADO 11, data del 29 de noviembre de 1979.
El Grupo de Artillería se constituyó inicialmente como núcleo en la localidad de COMANDANTE LUIS PIEDRA BUENA, el 23 de febrero de 1980, dependiendo orgánicamente de la XIra BRIGADA MECANIZADA, siendo su primer Jefe el Mayor HÉCTOR OBEID.
El 20 de junio de 1981 fueron inaugurados sus cuarteles, junto con el actual BATALLÓN DE INGENIEROS 11.

Vehículo Iveco Transportador
Durante el Conflicto del Atlántico Sur la unidad realizó diversas actividades, entre las cuales se destacó el cumplimiento de misiones de Seguridad Estratégica Operacional, ocupando posiciones en PUERTO SAN JULIÁN y GÚER AIKE, replegándose a su asiento de paz una vez finalizado el conflicto.
El 20 de diciembre del mismo año cambió su denominación por la de GRUPO DE ARTILLERÍA 11, siendo su principal material de dotación, el cañón remolcado calibre 155 milímetros SCHNEIDER.
En 1984 modernizó su equipamiento con 18 cañones remolcados calibre 155 milímetros SOFMA Modelo Argentino, incrementando así su alcance y poder de fuego.

Tiro de una pieza VCA Palmaria del GABl 11 en la localidad de Azul.
En 1992 el personal de la unidad comienza su participación en Operaciones de Mantenimiento de la Paz, en CROACIA, CHIPRE, KUWAIT y HAITÍ.

En 1997, con la llegada de los primeros Vehículos de Combate de Artillería Calibre 155 milímetros PALMARIA de fabricación nacional, comienza su transformación a unidad blindada, cambiando su denominación por la de GRUPO DE ARTILLERÍA BLINDADO 11 el 16 de mayo, incrementando su capacidad de maniobra, movilidad y potencia de fuego.

Actividades de Mantenimiento
El 20 de noviembre de 2007 el Ejército Argentino impuso a la unidad el nombre histórico de Coronel JUAN BAUTISTA THORNE, en homenaje a quien explorara la PATAGONIA AUSTRAL y participara, entre otras acciones, en la CAMPAÑA DEL DESIERTO, en el combate de la VUELTA DE OBLIGADO y la defensa de la Isla MARTÍN GARCIA.

El GRUPO DE ARTILLERÍA BLINDADO 11, la unidad más austral, más joven y más moderna de la Artillería, continúa ejecutando sus actividades en cumplimiento de las misiones impuestas, desarrollando y acrecentando un inigualable espíritu de cuerpo que lo caracteriza, y poniendo de manifiesto su profesionalismo en su preparación para la guerra, en el apoyo brindado a la comunidad y en la participación de su personal en Misiones de Paz.
Jefe de Unidad y personal del Servicio de Pieza.

Servicio de Pieza y personal de Mecánicos e Ingenieros.

Algunas mas de los VCA del GABl 11




Web oficial
Fotos: Hawkeye


